Queridos amigos en el Señor,
Mi nombre es Rafael Finatti, vivo en Curitiba, en el sur de Brasil, y actualmente sirvo en la coordinación latinoamericana de la CVX. Estuve en la COP30 en Belém do Pará del 10 al 15 de noviembre, por motivos de trabajo, pues coordino el tema de sostenibilidad en el Grupo Marista, parte de la misión de los Hermanos Maristas de Champagnat. Belém, cálida e intensa en el corazón de la Amazonía, fue para mí un lugar de conversión espiritual, intelectual y política. La enorme cantidad de actividades dentro y fuera de los espacios oficiales de la ONU exigió un discernimiento constante. Caminé por eventos públicos, por la Green Zone y por diversas iniciativas paralelas, siempre atento también a las negociaciones y notícias de la Blue Zone.
En el ámbito profesional, escuché a líderes empresariales reflexionar sobre sostenibilidad. Comprendí que la transición no depende solo de acuerdos entre Estados; requiere valentía dentro de las organizaciones y líderes capaces de innovar con propósito. Muchas respuestas siguen siendo reactivas y regulatorias, mientras otras avanzan en transición energética, gestión de cadenas de valor, diversidad e impacto social. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la sostenibilidad sigue siendo superficial y concentrada en las grandes corporaciones. En los debates técnicos de la Green Zone sobre biocombustibles, minerales, finanzas verdes, eficiencia energética y mercados de carbono, quedó claro que necesitamos estrategia, investigación, inversión y cooperación internacional sólida para lograr una transición justa. La selva en pie, articulada con economías sostenibles, es esencial en este camino.
Días después, escribí una reflexión en LinkedIn sobre la COP30: “De un lado, la fuerza de las calles – pueblos indígenas, ribeirinhos, juventudes, defensores ambientales – que llevan en su cuerpo y en su sabiduría ancestral lo que el mundo aún no ha escuchado como debería. Del otro, el rostro exhausto de la negociación multilateral, intentando conciliar intereses incompatibles mientras la crisis climática avanza más rápido que las decisiones. Belém reunió todo esto en un mismo territorio. Sentí esta tensión durante toda la semana, y aún más cuando regresé a casa y seguí las negociaciones finales. La COP30 dejó avances importantes: el Paquete de Belém, más financiamiento para adaptación, nuevos indicadores globales, el fondo para bosques tropicales y la institucionalización de la transición justa. Pero no logró dar el paso más decisivo: un compromiso claro con la eliminación de los combustibles fósiles. Si esta fue la ‘COP de la verdad’, la verdad duele: la crisis es climática, pero la disputa es política, económica y ética.”
Desde la perspectiva de la CVX
Como Animador Laudato Si’ y miembro de la CVX, busqué especialmente los espacios más vinculados a la Ecología Integral. Dos momentos me marcaron profundamente.
El primero fue el Simposio promovido por la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, junto con movimientos eclesiales y cardenales del Sur Global. Reafirmaron un documento que rechaza el “capitalismo verde”, exige que las naciones ricas paguen su deuda ecológica, y pide acciones concretas para limitar el calentamiento a 1,5°C. Allí meditamos sobre la conversión ecológica: no es un método, sino un cambio del corazón. Es renovar nuestro modo de habitar el mundo, reconocer la sacralidad de la creación y asumir la defensa de los pobres, los vulnerables y los territorios que son cuerpo vivo de la Tierra.
El segundo momento fue la Cumbre de los Pueblos, donde este llamado se volvió aún más tangible. Las luchas de pueblos indígenas, comunidades ribereñas, movimientos sociales y diásporas afectadas por conflictos dejaron claro el vínculo inseparable entre territorio, autodeterminación y vida.
Una convocatoria para nuestra comunidad
Para nosotros, cevequianos, Belém no es sólo un evento: es una llamada. La Ecología Integral debe pasar del discurso a la práctica, como afirmamos en Líbano en 2013, y conectarse con nuestras otras prioridades apostólicas de misión. Estamos llamados a ser agentes proféticos, tejedores de redes y testigos vivos de que cuidar la Casa Común es cuidar unos de otros. Nuestra espiritualidad ignaciana sostiene la misión, pero también debemos organizarnos para actuar, colaborar y construir puentes entre territorios, comunidades, empresas y gobiernos.
Que Dios haga de nuestro compromiso con la CVX una expresión de presencia, escucha, palabra y, sobre todo, de servicio. Porque la oración nos prepara para la acción, y la acción nace siempre de la escucha profunda.









