Por Sauline Odhach – CVX en Kenia
Cuando miro hacia atrás y recuerdo mi experiencia en Roma, la reconozco como un momento de profundo encuentro interior y de gracia intensa. Caminar, orar y discernir juntos como peregrinos me recordó una vez más que Dios verdaderamente habla en la historia, en la comunidad y en los sencillos movimientos cotidianos del corazón. Roma despertó en mí una nueva ternura para la escucha —no solo la escucha de Dios— sino también la escucha mutua, como compañeros en un camino compartido.
Durante esos días sentí el carisma de la CVX no sólo como una idea o una estructura, sino como un cuerpo vivo —diverso, enraizado, contemplativo y misionero—. Un momento que me tocó profundamente fue darme cuenta de cómo la familia universal de la CVX lleva esperanza a través de culturas, lenguas y contextos continentales, y sin embargo somos profundamente uno. Esa unidad no era uniformidad; era comunión en la misión. Despertó en mí un deseo más profundo de vivir los pilares de la CVX de manera más concreta, especialmente en la presencia apostólica, el discernimiento y la profundidad espiritual comunitaria. Sentí un llamado al coraje: dar pasos pequeños pero reales que encarnen la esperanza allí donde estoy plantada.
Hoy, el eco de Roma acompaña mi vida cotidiana y a mi comunidad local. Estoy más atenta, más disponible interiormente y más comprometida a ser peregrina de la esperanza en las realidades muy cotidianas de Kenia —especialmente entre los jóvenes, donde el arte, la fe, la cultura y la espiritualidad ignaciana pueden encontrarse como un nuevo lenguaje de misión—. La experiencia de Roma no terminó en Roma: continúa desplegándose en las decisiones cotidianas, en las conversaciones y en el discernimiento comunitario que nos invita a ver todas las cosas nuevas en Cristo.








